CATALUNYA DESCUBRE LA BANDERA DE UN BATALLÓN DE LAS GUERRAS DE 1.640 Y 1.714

Al parecer, la reliquia es un estandarte de los "segadors".
El pasado domingo día 27 de enero, la cabecera catalana -antes española- LA VANGUARDIA, en sus páginas dedicadas a la cultura publicaba como primicia en un artículo titulado El estandarte de los 'segadors', el descubrimiento de una especie de estandarte que habría sido, supuestamente, enseña de una unidad militar que, también pretendidamente, participó en aquel conflicto que la ortodoxia catalanista ha denominado "Guerra dels Segadors" y que tuvo lugar entre los años 1.640 y 1.652.
El contenido de la noticia no tiene desperdicio y, en la misma línea y empeño por reescribir la historia que ha llevado a los historiógrafos nacionalistas a acuñar ese grandilocuente término de "Guerra dels Segadors" para referirse a lo que no fueron sino unas violentas revueltas que, por oleadas, se fueron sucediendo en las medianías del Siglo XVII, leemos tan afortunadas expresiones como que "Ahora, Catalunya ha recuperado un símbolo que puede ser considerado como de los más relevantes de su historia".
El catalanismo excluyente y secesionista -como en general todos los nacionalismos de corte radical y convicción "quasi-étnica"-, huérfano de una realidad histórica mínimamente apta para fundamentar sus espúrias aspiraciones independentistas y su inquebrantable voluntad sediciosa respecto del Estado Español, se ha visto obligado, a través de sus artífices, ideólogos, comisarios políticos, paniaguados y zurupetos al servicio de un creciente e hipertrofiado poder público-administrativo, a reescribir una historia sobrte la que construirse a sí mismo (Invención de la manifestación intrínseca del catalanismo actual) y, sobre todo, a efectos de justificarse de puertas afuera frente a la misma sociedad que asiste impávida, y en no pocas ocasiones estupefacta y ojiplática, a tamaños manejos de tergiversación historiográfica (Manifestación extrínseca del nacionalismo actual).
Ese afán manipulador se ha venido produciendo, de forma ininterrumpida, desde el mismo momento en que aquél ilegítimo "President de la Generalitat" que fue Josep Tarradellas proclamó su lema de batalla al pie de la escalerilla del avión que le condujo desde el exilio hasta Barcelona; y mientras lo pronunciaba -"Ja soc aquì"- muchos entendieron aquello de "a partir de ahora vale todo". Y el "vale todo" se habría de traducir, andando el tiempo, en la confección de una monumental red de débitos y obligaciones burocráticas, administrativas, académicas, empresariales, financieras que, íntimamente interrelacionadas, como un micelio de vastas proporciones han anidado en la práctica totalidad del tejido socio-cultural de la Cataluña presente. Pero, eso, este último dibujo es el de hoy en día ... y es que antes, mucho antes, hubo un principio.
No debe dudarse, pues, de que hubo, desde ese comienzo, voluntades empeñadas y directamente implicadas en dotar de coherencia -sin importar las falsedades en las que para ello habría de incurrirse- a ese naciente proyecto que, poco a poco, se iba divorciando de la realidad social y cultural para acabar por convertirse en una entidad propia, dotada de vida también propia, y alejada, muy alejada del más elemental concepto de la verdad histórica; fue la tarea de fabricar una verdad histórica oficial que, con el tiempo, ha acabado por obedecer solamente a sus propios fines; así, los intelectuales de la progresía catalana de la década de los ochenta consiguieron abrirse camino hasta copar, uno tras otro, todos los puestos de prestigio académico desde los que se dedicaron al noble arte de recrear una historia bien diferente de la que nos ha ofrecido la historiografía y las fuentes como ya antes hicieran aquellos pensadores y activistas que fueran Hermann Wirth, Karl-Maria Willigut, Irjö von Grönhagen, Wolfram Sievers, Walter Wüst, Franz Altheim y tantos otros que sirvieron fiel y "noblemente" a las visionarias concepciones histórico-sociales de Heinrich Himmler. Del mismo modo, si anteriormente los que formaron aquella siniestra Deutsches Ahnenerbe habían reescrito una historia que pudiese justificar sus más delirantes fines políticos por medio de la magnificación de una pretendida nación aria, ahora aparecían, ¿Por qué no?, los "redescubridores" de una historia catalana que nunca antes había conocido la verdadera historia.
Muchos son los pasajes de la historia, pues, que, sectariamente y mediante el artero sistema de sustituir verdades por mentiras en la traducción y en la transcripción epigráfica, por el destructor método de suplir con interpretaciones sesgadas las lagunas de las fuentes históricas, ayudándose de falaces interpretaciones de las fuentes historiográficas, se han visto reinterpretados, cuando no simplemente inventados, para configurar un "opus históricum" oficialista que se nos pretende imponer, hoy en día, como dogma de fe con presunta base científica y que sustenta, de forma obligatoria, el credo de fe impuesto por la catalanidad más "patriótica". Obras de divulgación, ensayos, monografías, enciclopedias, tratados de historia, de arte, de música, libros de texto, artículos en las secciones de cultura de los diferentes medios se han visto, finalmente, inundados por toda una sarta de "indubitables hechos históricos" aderezados, para dotarlos de credibilidad, con toda suerte de justificaciones pseudo-académicas para acabar configurando eso, una "nueva" historia de Cataluña que, por arte de ensalmo -y permisividad entre académica y política- ha acabado por destruir el rigor de la mayoría de las obras que se editan en toda España.
Tales circunstancias, con sus negativos efectos sobre el conocimiento científico de la verdad historica, se han producido -como no podía ser de otra manera- sobre todo en esos muy particulares pasajes sobre los que se ha querido sustentar el patriotismo catalan; se trata de los hechos míticos y legendarios que, en cualquier nación enraízan con la esencia primera de su propia naturaleza y existencia; hechos y personajes, individuales y colectivos, que en el caso de Cataluña se revelan tanto más falsos cuanto más nos acercamos a las verdaderas fuentes historicas y a la historiografía contemporánea de los mismos.
Un ejemplo paradigmático es, por supuesto, el de la llamada Guerra dels Segadors cuya narración con toda suerte de glorificaciones, tintes heroicos y cánticos patrióticos -propios del último estadio de euforia provocado por la embriaguez y justo antes del coma etílico- se ha acabado por imponer y que en nada se parece a la realidad. Para el conocimiento de ese fragmento de la Historia de España hay que olvidarse, siquiera un poco, aunque mejor hacerlo completamente, de todas las monografías escritas con posterioridad a 1.982 y, usando como guía fundamental la Historia de España de Ramón Menéndez y Pidal, recurrir a las fuentes de la época deteniéndose particularmente en el opúsculo de Francisco de Quevedo titulado "La Rebelión de Barcelona no es por el huevo ni por el fuero", la Carta del Conde Duque de Olivares a Santa Coloma, fechada el 29 de febrero de 1.640, y, sobre todo, la crónica de Francisco Manuel de Melo titulada "Historia de los movimientos y separación de Cataluña" (no, como posteriormente se la ha denominado "Guerra de Catalunya").
En esta capital obra para el conocimiento de uno de los hechos más rastreramente mitificados de la Historia de Cataluña se nos presenta la verdadera naturaleza de aquellos siniestos personajes que fueron los famosos primeros "Segadors", una especie de brutales y pendencieros bandoleros que aterraban a los pueblos y villas de todas las comarcas cuando dejaban sus serranías para bajarse a los mercados y ferias que en ellas se celebraban. Francisco Manuel de Melo nos relata los hechos que hicieron detonar las algaradas, de muy primera mano y con gran conocimiento ya que tomó parte activa como militar y, probablemente espía, en la represión de la revuelta.
Así, podemos leer lo siguiente:
"Había entrado el mes de junio, en el cual por uso antiguo de la provincia acostumbraban bajar de toda la montaña hacia Barcelona muchos segadores, la mayor parte hombres disolutos y atrevidos, que lo más del año viven desordenadamente sin casa, oficio o habitación cierta: causan de ordinario movimientos e inquietud en los lugares donde los reciben (...) temían las personas de buen ánimo su llegada, juzgando que las materias presentes podrían dar ocasión a su atrevimiento en perjuicio del sosiego público".
"Señalábase entre todos los sediciosos uno de los segadores, hombre facinerosos y terrible, al cual queriendo prender por haberle conocido un ministro inferior de la justicia (...) resultó de esta contienda ruido entre los dos: quedó herido el segador, a quién ya socorría gran parte de los suyos. Esforzábase más y más uno y otro partido, empero siempre ventajoso el de los segadores. Entonces algunos soldados de milicia que guardaban el palacio del virrey tiraron hacia el tumulto, dando a todos más ocasión que remedio".
Y, más adelante, cuando ya los desórdenes y saqueos se generalizaron tanto en Barcelona como en villas próximas, nos abunda en las brutales características de las refriegas:
"A este tiempo vagaba por la ciudad un confusísimo rumor de armas y voces; cada casa representaba un espectáculo, muchas ardían, muchas se arruinaban, a todas se perdía el respeto y se atrevía la furia: olvidábase el sagrado de los templos, la clausura e inmunidad de las religiones, fue patente el atrevimiento de los homicidas".
El cronista continua relatando como a los funcionarios, alguaciles, clérigos, se les mataba y despedazaba sin piedad mientras que a los ciudadanos de Barcelona, hombres, mujeres, niños o ancianos, se les juzgaba sumariamente y se les ejecutaba por traidores al no haber apoyado la revuelta y haber, sin embargo, solicitado auxilio de los soldados. En resumen, que el "noble y heroico hecho" que llena de orgullo a los Catalanistas cuando, solemnemente escuchan esa cancioncilla que se tiene por himno, no fue sino un conflicto de anarquía delincuente protagonizado por una turbamulta inculta y desbocada, rencorosa y vengativa, que nada de política y menos de patrias sabía.
Ya tenemos, pues, el mito; un mito idealizado en el ya mencionado himno que nuestros sátrapas autonómicos escuchan, mano en el pecho, derramando, incluso, alguna lagrimilla de aparente fervor patriótico limítrofe con el sentimiento religiosos que los mismos miembros del NSDAP sentían en sus "aquelarres" nocturnos de Nüremberg, con antorchas incluidas cual si de un concierto de Luís Llach se tratase.
¿Qué más puede faltar, pues, una vez creados los mitos? Es evidente que poco más sin entrar de pleno y plano en el terreno místico de la religión que es el que, a la postre, mejor sirve a los intereses de los gobernantes cuando se trata de domeñar masas humanas incultas; e, incultura, es lo que ya viene sobrando en una sociedad alienada por las mentiras oficiales y con un nivel de exigencia académica próximo al analfabetismo funcional. Las masas incultas, pues, cuando han perdido la facultad de leer y documentarse, recurren a los símbolos como expresión de un fervor religioso; y corresponde a quienes pretenden acaudillarlas dotarlas, exactamente, de esas herramientas de fanatismo simbólico que son, al mismo tiempo, ideales y perfectas herramientas de manipulación y dominación de sus fervores. Es por eso, simplemente por eso y no por cosa otra alguna, que las religiones inventaron, tiempos ha, algo tan siniestro como son las reliquias, ya sean éstas el diente sagrado de Shiva, la piedra de La Caaba o los huesos de Santa Teresa.
No es nuevo, por otra parte, que hayan sido manifiestos gobernantes autócratas quienes se hayan servido, también, de todo un completo relicario para investirse del poder de las divinidades al tiempo que las ofrecían a sus vasallos para mantenerles en el extasiado estado de alienación óptimo para la perfecta manipulación de la voluntad de las masas; no es de extrañar, pues, que ya Felipe II se rodease de todo un arsenal de huesos, retales de túnicas y vestiduras de presuntos santos, pedazos de madera, clavos de cristo y demás suerte de quincallería de almoneda para engrandecerse a los ojos de sus súbditos; o que Francisco Franco durmiese en las proximidades de un hueso de Santa Teresa o que el mismísimo Adolf Hitler saquease media Viena para apropiease de la lanza del destino.
Ahora, parece ser, que Cataluña, la catalanidad oficial, ha encontrado su propia reliquia, la reliquia que supone el más importante descubrimiento, en palabras de LA VANGUARDIA, "de uno de sus más trascendentales símbolos". Y hay que recalcar, como el mencionado periódico hace, la palabra "símbolo".
No obstante, la credulidad solamente atonta a los que ya están en camino de la estulticia inducida, y a nadie que esté en posesión de una inteligencia crítica e independencia de opinión en la medianía se le escaparían las singularidades que reviste el hallazgo del símbolo de marras que tan gozosas exclamaciones ha producido en el medio oficial de gran parte de la catalanidad burguesa -mas no por ello menos soberanista que la otra, la integrista de la más recalcitrante "esquerra"- que, por fin, dispone, junto a bandera, himno y mitos ... su tan necesaria reliquia. Y uno, en su ingenuidad, no puede por menos que maravillarse del cúmulo de casuales coincidencias que refuerzan la importancia del extraordinario símbolo de la catalanaidad histórica.
Que un estandarte usado en una guerra que nunca lo fue; que lo enarboló algún miembro de alguna unidad militar de esas que nunca existieron; que presenta una decoración en la que domina una magnífica hoz de segar -"bon cop de fals", que dirían los más avezados- desconocida absolutamente como motivo heráldico en los reinos de España salvo en los escudos del apellido Hoz (Con origen en Cantabria y que presenta una hoz de podar sobre gules); que, además, estuvo presente como enseña de un presunto batallón de artilleria del Vallés en la Guerra de Sucesión -el otro hacho mítico de la catalanidad-; y que, para más colmo y final de historia, pasó de mano en mano, en secreto, de uno a otro de sus sucesivos custodios .... parece una sobredosis de afortunadas casualidades.
Lo cierto es que, finalmente, como el secreto mejor guardado del Mundo, aparece en una vitrina de un museo catalán.
Y es que al final ... quienes inventan mitos no pueden sino acabar fabricando reliquias.
agustín altés